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Crónica de marketing clínico · comunicación ética · seguimiento de campañas

· Marcos Quintero

El tono del folleto en un centro de bienestar: calma sin milagro

Interior sereno de un espacio de bienestar con plantas y luz filtrada

El centro de bienestar ocupa un lugar incómodo: no es un hospital y no es un hotel. El folleto, si se deja llevar, copia al hotel (lino, atardecer, «escape») o copia a la clínica («protocolo», «sesión médica») sin tener a un facultativo en nómina.

El tono que suele funcionar en sala de espera es el de la casa de baños seria: se dice qué se toca, cuánto dura, quién lo hace y qué no se promete. La calma cabe. El milagro, no.

Adjetivos que sobran con frecuencia: holístico cuando significa solo «varios servicios en el mismo edificio»; detox cuando no hay indicación ni responsable clínico; rejuvenecer aplicado a un masaje; único referido a un aceite que se vende en más sitios. Frases que sí caben junto al tarifario: duración, ropa que hay que traer, contraindicaciones groseras (fiebre, embarazo, herida abierta), nombre de la persona que atiende.

En Puerto de la Cruz vimos un tarifario hermoso y un reverso con «resultados visibles». Lo sustituimos por «piel más hidratada al tacto, según cada persona, sin cambio permanente». Perdió brillo. Ganó la posibilidad de que la recepcionista lo leyera sin bajar la voz.

Si el equipo entero habla con un registro y el papel con otro, el taller de una mañana ayuda más que otro folleto. Está descrito en taller de lenguaje clínico responsable —el nombre «clínico» aquí significa rigor de palabras, no usurpar actos sanitarios.

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